Alfred Marckens vivía solo en su casa, llevaba años viviendo en soledad, desde que su esposa murió hace más de dos años, él no pudo encontrar compañía. Tenía una jubilación muy humilde que le alcanzaba para comer y pagar las facturas. Sus 69 años le pesaban, ya le era dificultoso caminar y realizar los quehaceres de la casa. El ambiente era muy oscuro por la noche, la mayoría de focos de la casa se habían roto tiempo atrás, pero le era imposible cambiarlos. Incluso de día, no se vislumbraban bien las cosas, las viejas cortinas cubiertas de polvo rara vez eran corridas, el alféizar de las ventanas eran de un verde muy chillón opacado por la gruesa capa de polvo.
Vivía muy apartado de la ciudad, la más cercana se encontraba a catorce kilómetros al sur, aunque no se le podía llamar ciudad... más bien pueblo pequeño. Una vez a la semana, Alfred se sentaba en su camioneta y se dirigía al pueblo, hacía las compras para todo el resto de la semana y cada cuatro semanas cobraba su jubilación. En el pueblo todos se conocían, mas este hombre siempre fue misterioso, todos lo habían visto, pero nadie hablaba con él, su cara de depresión y el hecho de que rara vez se bañara, ahuyentaba incluso a los muy sociales habitantes del pueblo.
El 14 de junio de 1985 fue su septuagésimo cumpleaños, el cual ni siquiera recordó. Como un día normal se levantaba a las siete y preparaba la comida, la cual consistía en meter toda sobra que encuentre dentro de una olla con agua, calentar y conseguir una gran sopa que le duraría días. Y luego se dedicaría a pensar en su pasado, ver antiguas fotos y recordar. Sus ojos eran ríos secos que ya no podían demostrar tristeza como lo hacían antes.
En el crepúsculo, la casa de Alfred era como un jardín otoñal, unos pocos rojos haces de luz lograban perforar las deshilachadas cortinas viéndose reflejados en la constante nube de polvo que se esparcía por todos lados, dándole una sensación de lugar espectral. Alfred ya se va a dormir, las seis de la tarde era la hora habitual, cierra la puerta de su habitación con llave y se acuesta en su cama sin poder consolidar el sueño por largos minutos. Sin embargo no todos se olvidaron de su cumpleaños. Escucha que alguien golpea la puerta principal de su casa, lo cual no le da importancia, nadie lo viene a visitar nunca, y menos a estas horas. Insisten, insisten e insisten. No consiguiendo que Alfred le dé un ápice de importancia. El sonido que parecía provenir de la puerta principal ahora proviene de la puerta de su habitación, Alfred supuso que se olvidó cerrar la puerta principal, cosa muy extraña, hacía días que estaba cerrada.
- ¿Qui-quién es?- Dice Alfred con la vos temblorosa.
- Soy aquella cosa que dará fin a tu sufrimiento. Soy aquella cosa que resolverá todos tus problemas carnales. Lo único que tienes que hacer es abrirme la puerta de tu habitación.-
- Nadie nunca me ha querido desde que mi mujer se murió. ¿Por qué alguien querría resolver mi larga lista de problemas sin siquiera conocerme? - Objeta Alfred.
- Lo conozco a la perfección, señor Marckens.
- ¿Cómo sabe mi nombre?- Dice Alfred con un gesto impresivo en su cara.
- Generalmente no tengo este tipo de conversaciones con aquellos a los que ayudo. Generalmente no ven lo bueno qué es mi plan de resolución de problemas y quedan cegados por la ira, la rabia y la incomprensión.
- ¿Qué clase de ayuda me quieres dar? ¿Acaso eso significa tener a alguien que me quiera? ¿eso siginifica vivir en un lugar mejor?
- Haces muchas preguntas- Dice la voz extraña entre risas.
- Exijo que me explique qué hace en mi casa.
La voz cesa de hablar y empuja la puerta, la fría madera hace un rechinido infernal. Una luz blanca cegadora invade toda la habitación. Alfred vuelve a caer en su cama, desconsolado, esperando despertar de algún sueño. La luz blanca se torna cada vez menos intensa y Alfred puede vislumbrar a una mujer hermosa, muy alta, vistiendo gran porte de ropas ajustadas y sueltas, muy negras, una capucha que cubría la mitad de su rostro y una extensa cantidad de joyas.
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